Lo que devuelve el amor
- reservabiologicaca
- 10 may
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O cómo Caoba se convirtió en madre sin que nos diéramos cuenta.
En 1999, Caoba era un potrero. Treinta hectáreas sin árboles, sin casas, sin historia visible. Solo tierra esperando.
Lo que había sí era amor. Un amor terco, paciente, del tipo que no necesita ver resultados rápidos para seguir dando. Amor que se fue convirtiendo en semillas, en árboles recién plantados, en caminos trazados a mano. Año tras año, sin garantías, pero con una certeza interna: que si uno cuida, algo responde.
Durante mucho tiempo, Caoba fue un proyecto. Un sueño con botas de caucho y muchas horas de trabajo. No era aún un lugar que se sintiera, era un lugar que se construía. Con esfuerzo, con paciencia, con imaginación, y de una manera muy orgánica, muy honesta.
Con los años, los árboles crecieron. Los animales empezaron a llegar. El ecosistema despertó lentamente, como quien vuelve de un sueño largo. Y entonces, en el 2016, algo ocurrió que lo cambió todo: por primera vez, una cámara trampa capturó a un jaguar dentro del terreno de Caoba. Acostado. Tranquilo. En nuestra tierra reforestada con tanto amor.
Ese jaguar no vino por accidente. Vino porque el bosque lo llamó. Y el bosque pudo llamarlo porque durante años alguien lo había cuidado.
Fue entonces cuando Caoba dejó de ser solo hectáreas, o ecosistema recuperado, o reserva biológica. Caoba se convirtió en un ser.
Un ser con energía propia. Una energía femenina, maternal, profunda. Como la de una abuela que te recibe sin juzgarte, que te da espacio para ser exactamente lo que eres en ese momento. Una energía que acoge.
Fueron nuestros huéspedes quienes me lo enseñaron a ver. Yo estaba inmersa en mis tareas, en las funciones del día a día. Ellos llegaban y me contaban sus historias: que habían sentido ganas de llorar y habían llorado, para soltar lo que cargaban. Que habían sentido amor, llenura, un cansancio profundo que por fin podían dejar salir. Se entregaban a lo que sentían, y en ese abrazo que da Caoba, encontraban algo parecido a la transformación.
Al escucharlos, me detuve. Dejé de acelerar y empecé a sentir. A sentir mi propio espacio. A apreciar lo que este lugar había llegado a ser.
Hoy entiendo que esa energía que nos devuelve Caoba no es solo gratitud por el amor invertido. Es también algo más antiguo, algo ancestral que ya vivía en esta tierra y que esperaba ser despertado. Y es la energía acumulada de todas las personas que han pasado por aquí, y a quienes con mucho amor llamo familia Caoba.
Hoy, en el Día de la Madre, queremos celebrar eso: la energía que se devuelve cuando uno cuida de verdad. La naturaleza no olvida. El amor tampoco.
Gracias a todos los que han sembrado aquí, con sus manos o con su presencia.
Gracias a Caoba, por ser hogar.
Con amor,
Kathe & familia Caoba





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